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Tengo tres grandes misiones en esta vida:

  • La primera, como ser humano
  • La segunda, como maestro del Dharma
  • La tercera, como lama poseedor de un linaje.

Mi primera misión, como ser humano

A partir de mis trece años, he ofrecido mi vida al servicio de todos los seres. En mi experiencia del mundo, he adoptado una posición de apertura, confianza y recepción espontanea hacia todos los que la maduración del karma pone en mi camino.

Encuentro en cada uno y cada una, mis hermanos y hermanas de humanidad.

Como seres humanos, todos tenemos dentro de nosotros la joya de la mente despertada que representa un extraordinario potencial de bondad y transformación interior.

La base de mi enseñanza es la apertura del corazón y trato de introducir mis estudiantes a los estados amplios de la mente que abrazan el universo y todos los seres vivos.

La meditación de apertura del corazón interesa tanto los budistas como los que no son budistas, porque alimenta los valores humanos fundamentales de amor, bondad, compasión, perdón, paz y de derechos humanos.

Sin apertura del corazón, la ética no está encarnada y existe el riesgo de desviar hacia la intolerancia. Solo el camino del corazón ayuda a siempre reconocer el potencial de bondad y transformación que son lo proprio de nuestra humanidad. Si hemos desarrollado un amor incondicional, podremos reconocer esta base de amor aun en los seres más crueles, que actúan de manera inhumana por ignorancia de su verdadera naturaleza.

La apertura del corazón nos hace amar tanto los seres, que sentimos una aspiración cada día más viva a ayudarlos, a fin de que encuentren la felicidad y se liberen del sufrimiento.

En mis esfuerzos para aliviar los sufrimientos del mundo, me siento especialmente concernido por el destino de las madres que mueren dando la vida. Este fue el caso de mi hermana cuando, a los veintiséis años, dio luz a mi sobrino. Como ella, muchas otras madres en regiones alejadas del Tíbet o en colonias tibetanas en India, no pueden recibir los primeros auxilios que los hubieran permitidos sobrevivir y criar a sus hijos, el dinero faltando. Es una doble desgracia, desgracia de la madre y desgracia de los niños, huérfanos.

Mi primera misión en esta vida es entonces la enseñanza de una ética del corazón y la puesta en obra de un programa humanitario de cuidados a las futuras madres y de patrocinio por la educación de sus hijos, sobre todo de las hijas. Es esencial que las más despojadas puedan hacer estudios superiores y puedan acceder a un estatus igual al de los hombres. “Cuando se educa a una mujer, se educa a un pueblo”, así habla la sabiduría popular. Las mujeres son la llave de la evolución y de un mejor porvenir para la humanidad.

Mi segunda misión, como maestro del Darma

Como maestro del Dharma, tengo una segunda misión: también trata de sufrimiento pero esta vez no es el sufrimiento al plano relativo pero el sufrimiento último, el de las causas mismas del sufrimiento. Sin embargo la causa raíz de todos nuestros males es la ignorancia fundamental. Nuestra comprensión errada de la realidad entretiene los estados destructores de la mente tal como el odio, el apego, el deseo, los celos o la ira, quienes perpetuán el ciclo del sufrimiento y nos hacen dar la espalda a la felicidad.

Entonces mi misión es prodigar la enseñanza que libera de la ignorancia por la conquista de nuestros enemigos interiores. Es una profunda ilusión creer en la adversidad. Los enemigos que se manifiestan al exterior de nosotros son la proyección de nuestra mente incontrolada. Cuando hemos vencidos todos nuestros demonios interiores, nada más nos afecta.

En la vida del Buda, existen varios ejemplos del poder de la mente perfectamente dominada.

Un día, por celos, Devadatta arrojó contra el uno de los elefantes más feroces, pensando que el animal lo perforaría con sus colmillos o lo pisaría. Pero acercándose el elefante se arrodilló.

La noche de su despertó, el demonio de la muerte, Mara, suscitó la ira de los vientos en contra del gran meditante. Pero unas tempestades feroces, capaz de desarraigar los arboles, no arrugaron ni un solo pliegue de su vestido sagrado. Mara entonces llamó a lluvias torrenciales que desgarraron a la tierra. Sin mojarlo. Y cuando para terminar Mara ordenó a sus soldados de derribar al despertado, sus flechas se transformaron en flores al contacto de su cuerpo. La luz emanando de él lo protegía como un escudo, de manera que las espadas de los soldados se rompieron y sus hachas se desportillaron. Así es el poder de la mente establecida en la paz fundamental.

Con mi formación, desde mis primeros años al monasterio de Golok y la experiencia de mi curación singular, me debo de transmitir sobre todo la enseñanza de la paz interior que revela el poder infinito de la cura de la mente. Si es posible, dirigiéndome hacia terapeutas y médicos al fin de incitarlos a integrar la dimensión espiritual del ser humano dentro de su comprensión de la enfermedad y de las curas. Esta es mi segunda misión como maestro del Dharma.

Mi tercera misión, como Phakyab Rinpoche

Tengo al final una tercera misión, como poseedor de linaje.

Reconocido como el octavo Phakyab Rinpoche por su Santidad el Dalái Lama, tengo que preservar una filiación espiritual y perpetuar la memoria de mi linaje, de esos maestros extraordinarios quienes, de Kamalashila a Padampa Sangye, pasando por Darma Dodde, hicieron, antes de mí, la ofrenda de sus vidas a todas las existencias.

Además, soy el poseedor del trono del monasterio de Ashi, bendecido por las reliquias del corazón de Djé Tsongkhapa, salvado de la destrucción por los guardias rojos gracias a los tibetanos, al riesgo de sus vidas.

Estos últimos años, gracias a la generosidad de mis estudiantes, he podido reconstruir la capilla de Djé Tsongkhapa y tengo que empezar próximamente un programa de patrocinio para asegurar una comida cotidiana suficiente a los monjes de Ashi.